Lidia Saya


Entiendo a la política como un profundo desafío y tengo la convicción de que desarrollarla no es una ingeniería que deba tornarla profesional. Por el contrario, se requiere percepción y sensibilidad para comprender la realidad, porque quizás el problema que está dando la política sea precisamente ése: ignorar la simple realidad.

Provengo del peronismo e integro una fuerza política nueva, pero eso no significa que crea o adhiera a lo que algunos llaman la “nueva política”. La política es algo que se ejerce; es una convicción y un sistema de valores. Están quienes la entienden como un poderoso instrumento transformador y quienes la ven de otra manera. Eso no es viejo ni nuevo: se trata de una elección de vida. Para mí, la política siempre ha sido acción con ideas, voluntad de cambio, desafío, osadía y también pertenencia.

En un momento en que algunos olvidan al partido que eligieron en el ejercicio de su libre voluntad a la hora de comprometerse con un proyecto, yo quiero reivindicar mi pertenencia a Compromiso para el Cambio. Porque no sé de qué política se puede hablar, vieja o nueva, si no se parte del presupuesto básico de honrar los compromisos. No sé qué se puede construir cuando al alcanzar un puesto de representación se olvida a los que han trabajado con uno.

Pero que nadie crea que ésta es una defensa de la política en sí misma. Ya sabemos en qué ha derivado esta acentuación desmesurada por lo partidario. El mandato que cada uno de nosotros ostenta no proviene de nuestros partidos, sino de la ciudadanía. Esto es algo que parece obvio, pero es importante recordar lo que implica. Estamos para legislar sobre aquello que permita mejorar la situación de la comunidad en lo inmediato cotidiano, no para abroquelarnos en los respectivos bloques defendiendo intereses personales o de facción. Es hora de empezar a construir una visión común que permita proyectar todo lo que podría ser nuestra ciudad.

Para eso, debemos crear legitimidad, no simples consensos partidarios, pero primero debemos ser nosotros mismos plenamente ciudadanos. Si la dinámica de nuestra vida personal cambia –más allá de los tiempos– por el ejercicio de lo político, empezaremos a desconectarnos de la realidad; y sin esa percepción, toda nuestra tarea, de a poco, estará orientada hacia otros fines, pero no a los de la comunidad que pretendemos representar.

Sigamos siendo lo que fuimos antes de entrar a esta cámara. Pienso que los afectos, la vida familiar y privada son cosas importantes, como lo cree la mayoría de las personas que tenemos intención de representar. Sigamos siendo sujetos con proyectos de vida que se dedican a la política por vocación, pero que esto supone ampliar las perspectivas de vida personal en un todo, y no entrar a una dimensión distinta, a una “clase dirigente”, a una dinámica que nos aleje de nuestros orígenes, del contacto con los vecinos, de todo lo que siempre consideramos bueno y deseable.


Entonces no hará falta representar a nadie, sino que seremos uno con la ciudadanía. Entonces podremos pensar a la política como una religión laica que nos transforme en hacedores, en sujetos de la historia. Y de esa manera, no sólo estaremos honrando a quienes nos han dado su confianza, sino a una generación que perdió su vida por atreverse a ver las cosas de otra manera. Ése es el sentido profundo de lo político: ir más allá de nosotros mismos: como ciudadanos, como ciudad, como Nación. Superarnos es atrevernos a cambiar, a ver las cosas de manera diferente.

El querer y el hacer son la verdadera política de todos los tiempos, y la única “ideología” que todos debiéramos compartir. Que cada día de trabajo de nuestros mandatos suponga una demanda permanente con nosotros mismos; preguntándonos, día a día: ¿estaremos haciendo todo lo que podríamos hacer? En la actitud y la respuesta que adoptemos frente a ella estaremos recuperando a la verdadera política.

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Diciembre 2005

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